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Por qué las monedas son redondas

¿Por qué las monedas son redondas?

 Existen muchas teorías más o menos acertadas, algunas, refutadas por prestigiosos historiadores, aunque esto no es razón para que sean ciertas.

Algunos hablan de la simbología de la adoración al Sol, otros de su fácil división en partes, costumbre perdida en los tiempos modernos, pero muy frecuente en la antigüedad. Era común el dividir una moneda en 2 o en 4 (como si un cuadrado no fuese muy fácil de dividir en mitades o cuartos).

Las formas geométricas con ángulos siempre han requerido más tecnología para su construcción que las formas redondeadas. Un claro ejemplo lo vemos en la arquitectura, con unas primeras construcciones sin ángulos, cuya planta era circular. Hablamos de los antiguos castros. Solamente comienzan las construcciones de planta rectangular cuando la tecnología permite construir ángulos en los muros.

En el caso de las monedas, su forma redondeada (y no redonda) obedece a unas razones muy lógicas y documentadas, no siendo una teoría, siendo un hecho:

En un artículo anterior, titulado “Creso, rey de Lidia” (otrasrazones.com), se comenta como aparecieron las primeras monedas de las cuales tenemos noticia en nuestra civilización occidental (siglo VII a.d.C) y ahora se comentará como las hacían: Los orfebres lidios fundían oro y lo purificaban eliminando lo que no era el metal deseado. El oro en estado líquido es muy fácil de medir como cualquier fluido, depositando una cantidad determinada y casi exacta en un lecho de arena prensada. Al fluir el líquido sobre la arena, formaba una gota ligeramente desparramada de oro con forma de lenteja y antes de que se enfriase del todo, era acuñada con un troquel en el cual estaba esculpido el motivo de la moneda y con un impacto de martillo, quedaba configurada la pieza. De esta manera surgen las monedas y su forma, la cual era fácil de hacer en grandes cantidades y resultando cómoda de transportar. Este proceso es poco a poco perfeccionado, llegando a las monedas actuales.

 © Germán Vega – 2015