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Historias de San Valentín

Hay una gran variedad de parejas en la mitología clásica que rememoran bellas historias de amor. Unas felices, otras imposibles, incluso algunas hasta enfermizas. Las hay muy conocidos y otras, no tanto. La historia de Hipómenes y Atlanta no es de las más populares, pero es singular, no solo por su tragedia, Atlanta es considerada una de las primeras mujeres de la historia autosuficiente, icono del amor y de los valores que defiende el feminismo.

Atlanta es abandonada en el bosque por su padre al ser mujer. Una osa, enviada por Artemisa, la cuida y amamanta hasta que es recogida por unos cazadores.

Crece feliz recorriendo los bosques y se convierte en una ágil cazadora y en una bella mujer. Su fama se extiende, tanto por sus cualidades humanas, como por sus hechos.

Se consagra a la diosa Artemisa y decide no casarse nunca, ya que dicha ofrenda implicaba mantenerse virgen, aunque debido a su gran belleza, siempre estaba rodeada de pretendientes. Para evitar tal situación y librarse de semejante acoso, decide que dada su agilidad y ser más veloz que el viento, retará a cualquier hombre que quiera casarse con ella a competir en una carrera. Si pierde, se casará, pero si gana, el joven, perderá la vida. Conocida su extraordinaria velocidad, muchos, desisten de competir con ella, pero, aun así, no pocos deciden rivalizar y pierden, pese a que ella siempre daba ventaja a su adversario al inicio de la carrera.

Un oráculo le dice que si contrae matrimonio, será convertida en un animal

Un día aparece un joven y apuesto extranjero llamado Hipómenes. Cuando oye hablar de Atlanta se mofa de los hombres que están dispuestos a perder la vida para casarse con una mujer, pero el destino hace que conozca a la hermosa Atlanta y en ese mismo instante, queda totalmente enamorado de la bella cazadora. Si bien Atlanta, no mostraba normalmente ningún interés por sus pretendientes, en este caso fue distinto y ella también se enamoró del gentil Hipómenes.

Siendo consciente de su ofrenda a Artemisa, intenta por todos los medios que el joven desista de su empeño. Considera que ningún hombre tiene posibilidades de ganarla en una carrera y no quiere que ese hombre tan especial para ella, tenga que dar su vida.

Hipómenes era nieto de Neptuno. Su arrogancia y orgullo, hace que ni considere la posibilidad de no competir con Atlanta, pero era consciente de la agilidad de la joven. Decide pedir ayuda a la diosa del amor Venus y esta, no duda en ayudar Hipómenes, tanto por la simpatía que tenía hacia él, como por castigar y dar un escarmiento a Atlanta por haber osado despreciar al amor.

Venus le da a Hipómenes tres hermosas manzanas de oro. Cada vez que Atlanta le iba a dar alcance, este, arrojaba una manzana todo lo lejos que podía y la joven, atraída por la belleza de las doradas frutas, acudía a recogerla, dándole tiempo de esta manera a su contrincante para adelantarse en la carrera. Cuando Hipómenes lanza la tercera manzana, Atlanta se despista al ir en su búsqueda y este aprovecha esos instantes para adelantarse y entrar primero en la meta. Atlanta, desconcertada ante su derrota, accede a casarse con el único hombre que había podido ser más rápido que ella.

Hipómenes, absorto en su victoria y en pensar que Atlanta sería su esposa, olvida dar las gracias a Venus y la diosa ofendida por la falta de gratitud de su patrocinado se enfada con él. Cuando un dios se enoja, trae consecuencias.

Durante un tiempo, la pareja fue muy feliz profesándose un gran amor y compartiendo aventuras.

En cierta ocasión, los esposos deciden descansar en un templo dedicado a Cibeles y sin pensar lo que hacían, inducidos por Venus, que buscaba la ocasión para vengarse de ambos, gozaron de su amor en el templo de la diosa de la Madre Tierra. La diosa muy ofendida por la falta de respeto de la pareja, ante el sacrilegio que habían cometido, decide convertirlos en león y en leona. Los griegos mantenían la creencia de que un león solamente podía aparearse con un leopardo, nunca entre sí. De esta manera, su castigo sería estar siempre juntos, pero sin compartir lo más íntimo y permanecer bajo el control de Cibeles tirando de su carro. También sin poder mirarse uno al otro.

Los griegos estaban equivocados, los leones si pueden aparearse entre sí.

Germán Vega – Febrero 2017 – https://www.vemtadeorocmc.com

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