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     Una vez, hace tiempo, había oído que los haitianos, comían galletas de barro. En ese momento, me pareció una leyenda urbana y recuerdo que incluso llegué a bromear con el tema, alegando que eso no era cierto, pero en caso de serlo, haciéndolas una haitiana, seguro que estaban buenísimas.

     Pues es cierto, amasan barro, le echan un poco de aceite y sal, lo secan al sol, y se lo comen.

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Fábrica de galletas de barro

     Los más desfavorecidos llegan a comer hasta tierra. La tenencia  de hambre crónica es terrible y semejante “alimento” produce una fuerte sensación de saciedad, a un precio mucho más barato que el arroz. Los alimentos tienen un precio considerable en una isla que produce poco, exporta menos y ha de importar hasta las cosas más básicas.

     No soy nutricionista, pero por muy omnívoros que seamos, no creo que estemos diseñados para comer y asimilar tierra, como mucho, aportará algún que otro mineral (creo que de difícil asimilación ingiriéndolos de esa manera) y no pocas bacterias, larvas y lo que se tercie.

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Venta en mercado popular de galletas de barro

      Esto muestra el nivel de pobreza de muchos en el país.

     No es la única costumbre alimenticia curiosa del lugar. Se comen los huesos del pollo (no se tira nada). Muchos, no tan drásticos si tienen muy poquito dinero se compran un refresco de cola,  también sacia, aporta mucha azúcar y se puede comprar fresca en la calle por un poco menos de medio dólar.  Según ellos, puede sustituir una comida.

     Esto es otra muestra más de lo terrible que es la vida para no pocos en un país donde la pobreza llega a límites insospechados (como este).

Germán Vega. Port-au-Prince. Haïti. 2013

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